Hoy me he levantado tarde, el día no invita a salir; la lluvia, por momentos el granizo, el frio, el viento a ráfagas, rayos y truenos mañaneros incomodan mis ansias por dar un paseo, pero no las ganas. Ya jubilado he criado el hábito de caminar y mis piernas me piden guerrear. Bien abrigado, bufanda, guantes, paraguas y con un buen calzado, me encuentro cómodo pero con dudas, será todo esto suficiente? venceré los inconvenientes?

Ladran los perros, y en esto veo, como un solitario caminante que con paso raudo va luchando contra los elementos: lluvia, viento, frio... Iba fuertemente inclinado hacia delante, con paso firme aguantaba los arrebatos del aire que dificultaban su marcha. Por su forma de caminar se le adivinaba joven todavía, no como yo, ya en el crepúsculo de mi vida. Siendo ya septuagenario siento que mi sangre corre, y me da aliento para enfrentarme a todos esos elementos. Me decido por fin, y a pesar de mis dudas, aprovecho un respiro del mal tiempo, salgo y me encamino.
Después de unos diez minutos caminando, un salvaje estruendo se escucha, resuena de tal bestial manera que estresa mis piernas, no me arredro por el brutal trueno, me repongo y sigo caminando, la lluvia y el viento de repente reaparecen y me atacan por el barlovento empujándome y llevándome casi en volandas hasta una bifurcación del camino, cierro el paragüas pues corro el riesgo de perderlo y me acojo en el cubierto de un antigüo lavadero. Pacientemente espero y tengo premio, en el cielo se abre un claro entre las nubes, que a toda velocidad cabalgan hacia el sotavento abriendo un sol que refleja en el agua el firmamento . Para de llover y el aire calma, raudo reanudo mi caminar y veo que ya no me voy a rajar, a pasos agigantados me muevo sumido en mis pensamientos. El inconveniente primero ya es historia en mi memoria, la humedad en mis piernas es el recuerdo. Caminando a paso ligero recupero sensaciones, siento que vuelo y todavía sin cansancio avanzo. Mi cabeza llena de pensamientos me lleva por delante, anticipando la idea de por donde me encamino para llegar a mi destino. "Caminante no hay camino, se hace camino al andar" "al andar y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca deberás, ese día, volver a pisar". Sumido en mis pensamientos camino y camino e imagino que al doblar el sendero nada nuevo me voy a encontrar.
Crac, crac, crac... se oye tras la enramada del lugar por el que he de pasar, mi cuerpo por reflejo se encoje y deja de andar, que habrá ahí delante que no alcanzo a divisar, algo vivo es, pues lo siento mover. Con las debidas precauciones retrocedo, mis pasos desando, sujeto con la fuerza que me da la naturaleza el paragüas, que como un cayado en mano me refuerza...la precaución se tornó en temor, veo salir un jabalí que al verme... arrancó y salió disparado hacia el bosque justo a mi lado, yo acojonado me quedé quieto... parado, con el paragüas-cayado cruzado de mano a mano, esperando que el animal asustado no volviera y menos que se revolviera contra mi figura de humano. La senda por la que ví cruzar al jabalí la dejé detrás de mí, apurando el paso seguí y seguí con ánimo de alejarme lo más rápido posible, de allí. Desconfiado y remirando hacia atrás continué mi accidentado camino que de visicitudes se iba llenando. Estaba alerta pues parecía que aquel día iba a ser de alegoría, nada de lo que en el camino sucedía era lo esperado, que más me podría suceder, alguna visicitud más; de repente, inconsciente por sumido y distraido como estaba, una explosión brutal por descomunal me alertó, me hizo ser consciente de que aquel atronador cielo me volvía a reclamar como referente.
A lo lejos relampagueaba, y luego... unos segundos después llegaba el trueno, un relámpago cruzó como un rayo el cielo de lado a lado, un silencio estremecedor por unos largos segundos, dio paso a una descomunal tronada, parecía que el cielo se abría y se caía pero era una sensación mía que me estremecía, la lluvia compareció, una cortina de agua cayó, su fuerza poco a poco creció hasta adquirir su mayor virulencia, con el paragüas me cubrí con urgencia, el granizo comenzaba a sustituir al agua y el sendero ya era un reguero que corría entre mis pies, grano a grano el granizo iba tiñendo el prado de blanco. Discurría el pequeño rio por mi derecha que empezaba a crecer transportando granos blancos que arremolinados marchaban y se deshacían en su escorrentía. En soledad caminaba y en soledad me entusiasmaba, me gustaba aquella sensación de comunión con aquella naturaleza que era toda ella nobleza, a pesar de su mancillada belleza se mostraba pura, nítida y hermosa con las cicatrices que mostraba por la vileza humana que no la respetaba. Son legión los maltratos al paisaje y con ello a los animales salvajes, los pocos que sobreviven sufren las consecuencias de nuestra ambición por cambiar unos parajes que desde siempre les pertenecen y nosotros los metamorfoseamos destruyendo su linaje; truchas, anguilas, zorros, aves de distinto plumaje, animales que ya extinguidos siguen viviendo en el recuerdo de los viejos, solo alguna que otra liebre y jabalís habitan estos lugares que siempre habían sido sus andurriales.
El tiempo pasa raudo y veloz a pesar de su infinitidad. En lo más profundo de mi corteza cerebral aun habitan atávicos recuerdos, aquellos que nos han precedido respetaron un hábitat que nos había llegado, practicamente puro, no mancillado. Si dejas volar tu imaginación, este bosque de ribera surcado por un rio, seguramente fue una fuente de recursos materiales y alimenticios que ayudaron a nuestros ancestros a sobrevivir en tiempos no tan remotos, procrearon y se multiplicaron dejando una huella respetuosa en el hábitat que ahora peligra por nuestra necedad. Ya en tiempos prehistóricos, hace más de 4.000 años, nuestros antepasados dejaron su huella gravada en piedra. Caminando recorro el sendero que me lleva rio abajo, este termina desembocando en otro más caudaloso, mientras tanto sigue lloviendo y de vez en cuando rayos seguidos por truenos centellean y resuenan. Recorro circundando un meandro del río, que salva el promontorio que fuera habitado por nuestros antepasados, donde dejaron, grabada en piedra su presencia.
El lugar tiene fácil explicación; desde aquel alto, hoy en día alrededor completamente edificado, dominaban buena parte del paisaje, que les ayudaba a anticiparse a cualquier aproximación a su poblado, armas como "alabardas" allí dejaron gravadas. Este promontorio al situarse cerca del rio, hoy llamado Lagares, tenía fácil y cómodo acceso a los terrenos de rivera fértiles por inundación, algo que aprovecharon para practicar una incipiente técnica agrícola llegada de oriente. En aquellos tiempos, 2000 años A.C. barcos fenicios efectuaban paradas de aprovisionamiento (gravados en piedra Sta. María de Oya, altar fenicio Alcabre) en sus desplazamientos hasta las Islas Británicas (Islas Casitérides), iban busca metales como; estaño, cobre, oro y plata y dejaron conocimientos agrícolas que en el Oriente dominaban desde siglos antes. Rio abajo continuo caminando, por momentos llueve y ventea, los truenos cada vez se escuchan menos y en la lejanía todavía relampaguea, charcos de lluvia piso con determinación pues mi calzado se presta, abandono la ribera del rio cerca del lugar donde yo he nacido y me dispongo a subir "a costa do furolas", antiguo y muy duro acceso al alto de Castrelos. El promontorio mas alto, llamado hoy dia "Monte da mina" es un excepcional mirador y un punto crucial por lo práctico, desde donde se domina toda entrada a la ría,á aquellos puerto natural que ofrecía seguridad a toda nave fuera o no fenicia, oteando el discurrir de las aguas del río, este cruzaba brañas y marismas hasta su desembocadura en el mar (Samil), toda esta planicie era el paso obligado hasta el poblado, (chozas de madera y paja), de los antiguos Ostreminios (comedores de ostras), en plena transición a la agricultura, unos mil años mas tarde llegaron los celtas.
Desde lo alto de este monte guardias se hacían de noche y de día, pues los visitantes por vía marítima podrían ser comerciantes o ejercer la piratería.
Manantiales de agua dulce por doquier, un río que atravesaba y regaba las planicies colindantes ayudaron al asentamiento de los primeros pobladores-agricultores con técnicas llegadas de oriente. Los cazadores-recolectores, los comedores de ostras y humanos agricultores procedentes de oriente se asentaron dejando de trashumar por los bosques interiores y por la costa, asentándose en un punto fijo donde gracias a la incipiente práctica agrícola mejoraron su muy dura vida, ganando en muy poco tiempo las condiciones que les llevaron al aumento de su población que se extendió por un territorio, antaño selvático que por evolución, gracias al esfuerzo humano, se trasformó en terreno agrícola fijando una población sedentaria, ancestros de los que actualmente habitamos en estos parajes y que no hace tanto abandonamos esa agricultura en nuestro entorno y parece que ya sin retorno.
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