Jubilado como estoy y viviendo en Vigo, el
verano lo paso en mi casa, porque a tiro de piedra de ella se encuentra el
paraíso. El enclave es de lo mejor que la naturaleza ha creado y además el evidente cambio climático nos ha favorecido.
Entre el río Miño y la ría de Vigo se encuentra un
territorio que, a pesar de su maltrato por su desarrollo nada bien planificado,
es de una hermosura que deja boquiabierto a todo aquel visitante que llega por
primera, segunda o tercera vez a este lugar aún no masificado. Este lugar en su
conjunto es paradisíaco, por tener lo tiene todo y al alcance de la mano, en 20
o 30 km a la redonda y cogiendo dirección norte, sur, este y oeste siempre
encontrarás algo que merezca la pena visitar, si te animas ha ampliar el círculo
hasta los 40 o 50 km tus expectativas crecerán aún más. Por tierra, mar y aire,
si vas con la mente abierta lo que puedes ver te sorprenderá, ni por un momento
te puedes imaginar lo que te puedes encontrar; desde mares, si digo bien mares:
mar oceánico bravo (costa de Baiona a La Guardia), mar de ría (costa interior
playera), mar de lago (costa muy interior), todos ellos engalanados por islas
como Las Cies, Toralla y San Simón.
Punto y aparte merece la mención a las Islas Cies, un
lugar muy especial y espectacular. Su tamaño no es muy grande pero si lo
suficiente para que su recuerdo sea imposible de borrar, dos tipos de mar las
rodean, uno bravo, grandioso e impetuoso y otro calmo, sereno y hermoso. La
costa del primero es bestial, los acantilados graníticos cortados en
perpendicular son castigados una y otra vez por la impetuosidad de las olas del
Océano Atlántico reventando con desaforo y convirtiendo esa fuerza
natural en un estruendo sinfónico que al romper origina un espectáculo donde
millones de partículas acuosas se desprenden dando lugar a una amalgama de
sonidos, olores y colores que si tienes sensibilidad (y si no también) para
siempre en tu memoria quedarán. El otro mar, más calmado y sereno no está falto
de rotundidad y hermosura. Por la cara interior de las islas del Faro y
Monteagudo una impresionante lengua de arena, da forma a la playa de Rodas, una
de las playas más bonitas del mundo, que ha mayores da forma a un lago de agua
salada que enlaza una isla con la otra en una simbiosis perfecta. Este lago es
como un gigantesco acuario donde conviven diferentes especies de peces, que
gracias a sus limpias y trasparentes aguas puedes admirar.
Dejando ya tan especial lugar las colinas que rodean
la ciudad nos ofrecen vistas y paisajes muy peculiares, bosques de todas clases
cubren senderos que se entrelazan, entre las hojas de los árboles el sol lanza
destellos que iluminan y envían ramalazos de claridad, que rompen las
sombras del camino y sonidos ancestrales mezclados con el crujir de nuestras
pisadas nos llevan a lugares donde nacen manantiales, el discurrir de las aguas
rumorean buscando alimentar el caudal del río, el rumor se convierte en alegría
saltarina que burbujea entre piedras hasta que se precipita por la falla en
forma de cascada. Un atronador y musical sonido entra por nuestros oídos.
Lugares similares al anteriormente descrito abundan a raudales.
Por el Este, el río Miño desde Tuy hasta La Guardia
discurre separando Portugal que aún tiro de piedra está y que también se merece visitar. La desembocadura del río es de visita obligada y desde el monte Tecla
sus vistas te sorprenderán, nuestros ancestros conocían y amaban este lugar y
su huella plasmada está.
Celtas procedentes de la Europa central hace unos cinco
mil años se asentaron formando castros desparramados por todo este lugar, los
anteriores habitantes, que los había, eran los ostreminios que se fueron al
exterminio y cuando no se reintegraron con los nuevos pobladores. Durante siglos
vivieron tranquilos con espaciadas visitas de comerciantes fenicios que con sus
barcos hacían paradas para repostar agua y alimentos a cambio de armas de
bronce que los celtas desde entonces utilizarán, continuaban su navegación
hasta Cournalles (Inglaterra) donde el estaño que necesitaban allí encontraban
y de regreso de nuevo paraban, altares fenicios en diversos lugares de la costa
dejaron huella de su paso e incluso naves fenicias quedaron gravadas en piedra
por los lugareños que comerciaron con ellos.
En el año 137 AC el Sacro Imperio Romano se extiende
por la península Ibérica y la conquista llega hasta estos lares y ha pesar de
la feroz resistencia de los lugareños y del pueblo Herminio huido desde tierras
de la antigua Lusitania allende del río Miño, el general romano Decimo Junio Bruto tuvo que
intervenir atravesando en cabeza el río Lete (río del olvido) pero no fue quien de derrotarlos y tuvo que ser el mismísimo Julio Cesar en Agosto del año 60 A.C. quien encabezó un ejército que por fin finalizó la conquista de estas tierras, llegando hasta
Vigo y en la playa de Samil acampar para desde allí navegar en balsas hasta las
Islas Cíes y los restos del ejército herminio y galáico junto ha otros guerreros celtas capturar. Derrotados, capturados y
no exterminados los pueblos celtas en el Sacro Imperio Romano reintegrados quedaron.
Parece que me he enrollado, pero no, solo me he explicado para saber quiénes somos, de donde venimos y hacia donde parece que vamos, y en mi caso particular, si soy o no soy lo que si sé es hacia donde voy.










No hay comentarios:
Publicar un comentario