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jueves, 26 de febrero de 2015

Relatos dun pescador afortunado: O DETONANTE

                                                       O DETONANTE
                                                           Outubro 1986
   
 
      O mellor daquela noite foi o detonante de algo que me cativou e fixo posible un cambio radical no ocio e no emprego do meu tempo libre.  A partir de aí, empecei unha especie de aventura que me deu moitos días nos que me considerei un home afortunado por gozar e vivir momentos de privilexio, sensacións que co paso do tempo minguan en cantidade pero aumentan en intensidade. Avanzaba eu pola trintena, as miñas obrigas e responsabilidades condicionaban as miñas afeccións, a casualidade quixo que á pesca me enganchase. O detonante sucedeu a noite que sentín a maxia que revolucionou para sempre o pracer dos meus sentidos. Aquela noite máxica en min exerceu unha especie de enmeigo que me acompañaría para sempre. A partir de aí as experiencias arremuiñáronse na miña mente, pero grazas a un caderno onde as teño anotadas unha a unha, fíxenme cun compendio de datos que me permitiron ordenalas coas súas datas auténticas. Os feitos narrados son reais e en nada esaxerados, as miñas emocións e sentimentos transmítoos reflectíndoos coa efusividad que o meu carácter me dá.

      Retomando o principio daquela noite de outubro de 1986, era unha noite de sábado para domingo e esta facíase moi longa, pero aquela vez ía abastecido cunha cana de pescar que lle regalara ao meu fillo Germán e que el apenas utilizaba. Pedín consello ao meu compañeiro Hernández, nisto da pesca era, e segue sendo, un fenómeno ao que "había e hai que deixarlle comer nun prato á parte". Asesoroume, tomei nota fidedigna e detallada, abastecéndome do material axeitado para a experiencia. Recordo que esperei ata a unha da madrugada, hora en que aparquei o meu vello coche, un Renault 12 familiar, xunto á coroación do peirao nº 4 do Areal, armei a cana coa sedela, anzol e chumbada recomendados, e de cebo empreguei uns camaróns que tiña nun viveiro colgado dunha das defensas. Deixaba chegar o chumbo ao fondo e recollía dúas voltas de carrete, buscando no fondo as miñas posibles presas, pero non sucedeu nada, recollín dúas voltas máis, xa a uns tres metros do fondo e tampouco sucedeu nada, despois dun tempo de espera e non suceder nada, volvín recoller dúas voltas máis e como tampouco sucedía nada, desanimeime e optei por prender o mango da cana debaixo dunha das rodas do coche; sentei e púxenme a ler. Cando máis distraído estaba e daba por frustrada a miña experiencia, unha picada que dobraba con brío a punteira da cana púxome en tensión, agarrei a cana, e como tiraba a condenada, estiven un anaco a gozar -pois a sensación era agradable para min, imaxínome que non para o animal. Empecei a recoller non demasiado aprisa, ata que apareceu a flote unha fermosa robaliza izándoa ata a miña posición, onde nervioso solteina do anzol, depositándoa na bandexa do maleteiro, volvín prender outro camarón e deseguido lancei, deixando baixar o chumbo ata o fondo, recollendo a continuación seis voltas de carrete, para situarme á altura de onde sentira a picada, non me desprendín da cana e non tiven que esperar moito para sentir unha sutil picada, entón baixei a punteira da cana e esperei a sentir a estirada da sedela para cravar o anzol.

       Estiven así unha e outra vez, ata repetir a operación 23 veces. Cando me din conta eran xa as 5.30 da madrugada, vivía un sono que morría, pois xa facía un anaco que a voráxine rematara. Esta experiencia supuxo para min o enganche a unha afección que se estendería ao longo dos seguintes 20 anos, con tal dedicación e actividade que isto deu lugar á vivencia de centos de momentos que eu teño por estelares, ou sexa únicos e irrepetibles.













sábado, 9 de noviembre de 2013

Relatos de un pescador afortunado: JOSE Y JOSÉ, I PARTE

                                                           JOSE Y JOSÉ, I PARTE
                                                                          2003

     Estoy convencido que la fortuna en el mundo de la pesca es contagiosa, sino que se lo pregunten a mi joven vecino José, pescador al que yo enseñé y aconsejé con espectacular resultado.

     Ya la primera vez que vino conmigo a pescar, me demostró estar especialmente dotado para practicarla con éxito. Nunca hasta aquel día había practicado la pesca al “espinning” ni nada parecido, todo lo más la pesca del calamar en los muelles. Pero cuando le vi coger la caña entre las manos y lanzar en la rompiente, ya le vi  maneras y como además tenía fe en lo que hacía y seguía mis indicaciones al dedillo pronto se convirtió en un afortunado pescador de “espinning”.

     Tan afortunado que ya ese primer día pescó un par de hermosas lubinas de ración, recuerdo que en un principio aunque el mar estaba propicio no nos picaba nada, y pasado un tiempo le comenté que lanzara lo más lejos posible la “cuchara”, pues el mar estaba bajando con fuerza y posiblemente el pescado estaría alejado de la línea de costa, que no tuviera miedo a perder el señuelo, que dejara hundirlo unos metros antes de empezar a recoger, que al contactar con el agua cerrara el carrete y contara hasta diez, pues posiblemente el pescado estaba en el fondo de un gran canal que allí había pegado a una piedra donde lavaba el mar. Era una delicia ver con que emoción mi vecino estaba viviendo su “bautismo de fuego”, disfrutó como un niño, y mientras sacó sus primeras lubinas me confesó que aquella experiencia lo había encandilado. 

       La pasión por la pesca prendió en él para siempre, y si había alguna duda, en el verano siguiente se estrenó con la captura de su primer robalo, en Donón. Otros tardamos años en conseguirlo, y algunos no lo consiguen nunca, cierto que a él le allanaron el camino, pero él lo pescó porque puso empeño y pasión. La suerte hay que buscarla solo o en compañía y yo puedo dar fe de esto, pues he vivido con él momentos de una “especial fortuna”.

      Yo ponía mi intuición, buscando las posturas más propicias y él se encargaba de clavar los robalos. Parecía que estaba tocado por la mano de Dios. Como en aquella mañana de domingo que después de visitar la zona de Punta Couso (Aldán) y no encontrar lo que buscábamos, de regreso para Vigo con un “capote”, se le metió en la cabeza visitar la costa de Oya casi a deshora y al pasar ya de regreso por Cabo Silleiro, paramos para hacer la última tentativa con la marea en bajamar. Le comenté que si alguna oportunidad había sería con un lance largo contra la piedra del frente y que gracias a la potencia de lance que tenía, allí podría tener una oportunidad. Tengo que reconocer que yo bajé con desgana, más por hacerle compañía que por otra cosa. José con la fe de los que aún están experimentando sensaciones nuevas, se puso a lanzar un chivo con ahínco. Gracias a su gran envergadura (mide alrededor de 1.90) y sus largos brazos, el recorrido de palanca es muy superior al mío, alcanzaba con facilidad la zona en la que se intuía pudiera haber algún pescado. Cuando yo ya había desistido y le apremiaba para marchar (eran cerca de la una del mediodía), sintió una brutal picada que era la señal inconfundible de que le había picado un robalo. José todavía inexperto solicitaba mi ayuda, yo trataba de serenarlo diciéndole que se tranquilizara que ya estaba clavado, que lo único que tenía que hacer era acercarlo poco a poco, sin prisas, que la única dificultad que había era que al acercarlo para hacerse con él, la resaca se lo envolviera rozando el sedal en las piedras. Seguí animándole a que se concentrara en la lucha con el animal, que ya le avisaría cuando lo tenía que acercar con fuerza y decisión, que ya me encargaba yo de echarle la mano al animal. José acabó por tranquilizarse y lidió aquel animal con maestría poniéndolo a mi alcance lo sacamos sin mayor novedad.

     Era un fenomenal robalo que superaba los cinco quilos. La alegría de mi joven acompañante era infinita, yo le comprendía, sabía lo que estaba sintiendo, en ese momento era él el Rey del Universo.

     Un tiempo después, volvimos a vivir una extraordinaria experiencia otra vez en Silleiro. Recuerdo que aquella tarde al llegar prácticamente todas las “posturas” estaban ocupadas, estuvimos observando con interés lo que allí acontecía. Nos había llegado la noticia de que en los días anteriores se habían producido algunas capturas extraordinarias de lubinas, pero aquella tarde no estaban dando señal alguna de actividad, los pescadores que allí había nos confirmaron que el día anterior y alguno más, fueran muy propicios para la pesca, pero que aquella tarde nadie había pescado nada. No nos amilanamos por el comentario ni con el estado del mar que trabajaba un punto por encima del ideal, y nos dispusimos a entrar en acción. Mirando hacia el mar, a la izquierda, antes de la “Piedra de los tontos”, había un enorme remolino, con un agua limpia pero oscura. Me recordaba a anteriores experiencias. Así que le comenté a José que si algún pescado había, era allí en aquel remolino, al que curiosamente nadie prestaba atención, quizás por que el mar rompía en aquella zona de una forma salvaje, reventaban las olas contra las piedras levantando una gran cortina de agua que te impedía acercarte. Pero justo en el centro y casi en el frente de donde estaba situado el gran remolino, se eleva una piedra grande con una plataforma plana en su cúspide desde donde  podíamos intentarlo. Estuvimos los dos un rato observando y sopesando el encaramarnos a ella, pues el mar rompía con violencia contra su base, levantando por veces una gran cortina de agua que salpicaba y mojaba toda la zona que queríamos ocupar. Como la marea ya bajaba con fuerza era una baza que jugaba a nuestro favor, y como vimos que aparte de mojarnos no correríamos peligro, nos pusimos la ropa de agua y allá fuimos. 

       La altura de la zona de “vareo” y el mar al estar tan bravo, nos condicionaba el señuelo a emplear, por eso nos decidimos por utilizar el “chivo”. Comenzamos a “varear” alternativamente y pronto empezamos a sentir las primeras picadas, había momentos en que los dos “clavábamos” pescado en el mismo lance, empezamos a acumular lubinas una detrás de otra, pero lo curioso era que las piezas de José eran más grandes que las que yo capturaba, aquello me tenía algo desconcertado pues los dos utilizábamos un “chivo” como señuelo, y los dos contábamos hasta diez para empezar a recoger, más tarde le encontré la explicación. Como José continuaba tocado por la mano de Dios, de repente sintió una descomunal picada de un gran robalo. La lucha que mantenía con el pez se tornó salvaje y no lograba controlarlo,  dejé la caña y me dispuse a ir en su ayuda, poco a poco consiguió guiar al animal hacia tierra, yo bajé a por él, pero el mar golpeaba implacable impidiendo que me acercara, el peligro era evidente y no podía arrimarme más, esperé a que José lo aproximara un poco, pero en una de estas el sedal rozó y rompió, perdiendo aquel robalo que de sacarlo hubiera completado una pescata de escándalo, quedamos jodidos, pero más quedo José pues era la primera vez que un animal así lo desarmaba, ahí entendió que a veces las cosas no son fáciles y que no siempre se gana; había que pasar página y continuar, no merecía la pena perder el tiempo en más lamentaciones.

      A partir de la peripecia vivida con la perdida del robalo el pescado dejó de picar, seguramente se habría “abalado”, así que recogimos y como aún era temprano José se empeñó en hacerle una visita a la “Grande de Monteferro”, y hacia allí nos encaminamos, enterándome en el trayecto de que José había montado un chivo de 80 gramos, porque no le quedaban de 50, que era el peso del que yo utilicé. Esta es la explicación a que él le picaran piezas de más tamaño: como su chivo era más pesado trabajaba más tiempo en el fondo que el mío y, se codeaba con los ejemplares más grandes del cardumen, ya que estos acostumbran a ocupar esa posición.

      Al llegar a Monteferro el mar no pintaba mal y bajamos para aprovechar el crepúsculo del anochecer. Aún no me había repuesto de las vicisitudes vividas anteriormente en Silleiro con el robalo, cuando sentí gritar ¡robalo! ¡robalo!. Era increíble, de nuevo José estaba lidiando con otro “aparato”, dejé mi caña y eché a correr para ayudarle, pero pronto nos dimos cuenta que aquello no era un robalo, pues tiraba y luchaba de una forma desconcertante, cuando consiguió vencer a aquel animal y sacarlo a tierra la sorpresa fue mayúscula, lo estaba viendo y no lo acababa de creer; un precioso sargo pendía del “rapala” con el que estaba “vareando”, y no venía “robado”, había tragado el anzuelo triple de la cola del artificial.

     Como la noche se vino encima nos retiramos de regreso a casa, con la fortuna de haber gozado de una inolvidable tarde de pesca y con la sensación  de que la fortuna a veces se contagia e incluso perdura en el tiempo.
   

sábado, 19 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: EXPERIMENTANDO


EXPERIMENTANDO
1.989
     A finales de los años ochenta del siglo pasado, después de mi primera experiencia en octubre de 1986, continué pescando en los muelles con camarón vivo. No se me daba mal aquel tipo de pesca, desde mi primera experiencia hasta el verano de 1990, prácticamente empleaba buena parte de mi tiempo libre pescando en los muelles, con la excepción de las vacaciones y alguna que otra visita a la costa de Cabo Estay, donde también en alguna ocasión pesqué con camarón y boya. Por aquella época empezaba a pasar las vacaciones de verano acampado en Cabo Home, donde pescaba a fondo, todavía no se me había ocurrido practicar el “vareo” (spinning). Las pocas lubinas que capturaba recuerdo haberlas pescado a fondo con calamar como cebo y excepcionalmente alguna pequeña con bicho, lo habitual con este cebo era pescar bogas, mújeles, castañetas bravas, y algún pinto o maragota.

     Mis mejores experiencias seguían siendo en el muelle pescando con camarón, de esta manera acumulé cientos de experiencias donde pescaba lubinas de un tamaño menor, aunque algunas, las mayores superaban por poco el quilo. Todo esto me sirvió para ir haciéndome como pescador y comprender poco a poco el cuando,  el como, y el porqué tan importante en este tipo de pesca tan selectiva.

     Tengo una escena gravada en mi memoria que no se me olvidará nunca. Una tarde de verano, el sol iluminaba dándole una claridad inmaculada al día, yo me encontraba pescando en Bouzas empleando como cebo camarón, iba recorriendo los diversos muelles y dársenas en busca de alguna lubina que llevar al cesto, en una esquina de una de las dársenas interiores el sol penetraba a través del agua, iluminando una zona que hacía contraste con la sombra que proyectaba una embarcación que estaba allí atracada. La marea estaba baja y el sol iluminaba con meridiana claridad incluso el fondo, donde para mi sorpresa vi  como un grupo de lubinas se mantenían casi inertes en la zona soleada. Yo me situé de tal forma que el sol me daba de frente y mi sombra se proyectaba hacia el muelle, procurando pasar desapercibido. Con sumo cuidado hundí la línea de la que pendía un camarón vivo, y fui acercándolo a la zona donde las lubinas permanecían indiferentes a todo lo que las rodeaba, la llegada del camarón parecía para mi desesperación, no enturbiar el comportamiento indiferente del grupo, de repente una de las robalizas, la más pequeña del grupo se acercó al camarón, este se movía con desesperación, y cuando parecía que lo iba a comer, lo golpeó con el cuerpo como apartándolo y siguió merodeando por la zona ignorando tan exquisito manjar. Yo sorprendido por esta forma de actuar no hice nada y me quedé muy quieto observando aquel comportamiento, que yo tildaba cuando menos de extraño pero interesante, pacientemente esperaba a que aquellos animales reaccionaran de la forma en que yo consideraba más racional, que era que acabaran por comer el camarón o que por el contrario se alejaran, pero ni una cosa ni la otra sucedió, allí continuaban indiferentes a todo, incluso llegué a sospechar que a pesar de mi cuidadosa puesta en escena, eran conscientes de mi presencia. Pasado un tiempo, en la lámina de agua, algunos pequeños objetos que por allí flotaban, empezaron poco a poco a moverse y a trasladarse, empezaba a subir la marea con fuerza y el grupo de robalizas comenzaron también poco a poco a merodear en busca de alimento, una de ellas, la más grande fue directamente a por el camarón, al que golpeó con su cuerpo y acto seguido embocó por la cola tragándolo. Rápidamente al sentir como tiraba de la línea, levanté la caña, pues ella misma se había clavado, el grupo al ver que esta subía la siguieron hasta que desconcertadas la vieron desaparecer. Volví a encarnar otro camarón y se repitió la misma forma de proceder, pero lo curioso es que empezaron a aparecer más robalizas, pienso que atraídas por la actividad de las que comían unos camarones que arrojaba para entretenerlas y no se fueran. Empezaba a ser consciente de que estaba siendo testigo de algo muy peculiar y difícil de ver con aquella claridad. Llevaba capturado cerca de una decena de piezas, cuando la última al tirar y recoger para subirla, a medio camino se soltó, el animal dolorido y desconcertado huyó rápidamente del lugar, llevando consigo al resto que seguían la estela descontrolada del animal herido. Si se tiene el pescado al alcance y encelado con tu señuelo, es letal que se te suelte una, porque en su huida arrastrará a las demás, siendo mejor abandonar la zona y buscar otra lo más alejado posible, a no ser que haya tal número de ellas, que la confusión no alcance a todo el grupo, si esto alguna vez nos sucede hay que pensar que estamos ante un cardumen de extraordinarias proporciones. Algo que a lo largo de una vida pescando sucede en contadas ocasiones (ver Vorágine en Sayanes).

     Siempre hasta aquí había pescado con cebo natural, nunca había experimentado con artificiales, pues en aquel tiempo era un descreído, no concebía que un pez podía ser engañado por algo no comestible y además inerte al que había que darle vida, consideraba que aquello era algo muy difícil de lograr. Hasta que un día fui testigo de algo que revolucionó mi manera de pensar. Observé por casualidad como un joven pescador desde una embarcación,  con una caña lanzaba y recogía continuamente un señuelo que yo no alcanzaba a ver con claridad. Sabía del uso de artificiales como “cucharillas” y “rapalas” en ríos y en la rompiente de la costa de mar abierto, pero nunca había visto hasta allí hacerlo en aguas interiores y tranquilas de los muelles. Fijé mi atención en él, y vi como levantaba un pez que me pareció una robaliza y no tardando mucho levanto otra, y otra, continuando sucesivamente con aquel ritual que a mí me estaba rompiendo todos los esquemas, haciendo que me replanteara mi manera de pescar. Creo que el pescador no fue consciente de que le estaba observando, poco a poco se fue acercando al muelle y alcancé a distinguir el señuelo que empleaba, era un pequeño rapala que manejaba con maestría: lanzaba y al contactar el señuelo con el agua no recogía de inmediato, sino que dejando el sedal en banda dejaba que este se hundiera unos metros para empezar a recoger, cosa que hacía con paradas intermitentes y pequeños cambios de dirección con la puntera de la caña. Lo que acababa de ver me dejó asombrado y lleno de curiosidad por experimentar aquella forma de pesca. Así que me dirigí a una armería donde me hice con varios “rapalas” que allí me recomendaron. Recuerdo que ojeé un folleto de propaganda de la casa “rapala”, donde hacía unas recomendaciones sobre colores a emplear, aquello llamó poderosamente mi atención, pues hasta allí siempre había pensado que los peces no distinguían colores, sino que lo máximo que distinguían eran distintas tonalidades. Elegí unos pececillos de nueve centímetros hundibles de tres colores diferentes: uno gris (color original) el más aproximado al color real, otro azul pálido, y finalmente uno con la barriga naranja, conocido por especial, este último era el que con más reticencia llevé, por su aspecto poco natural. Pero habría de ser este último, con el que me estrenaría con una pescata memorable una tarde en Bouzas, donde prácticamente sin fallar lance conseguí pescar más de treinta lubinas, el que de verdad me enganchara definitivamente a este tipo de pesca. A partir de ahí el “Countdouwn especial” de 9 centímetros en los muelles y más tarde el de 11 cm. en la costa, me ofrecieron jornadas inolvidables de pesca. Durante unos años idealicé de tal forma este artificial que prácticamente olvidé y descarté definitivamente el empleo de cebo natural para pescar. Resultaba muy cómodo y limpio, ofreciéndote más libertad de movimiento y poco a poco me fui alejando de los muelles, empezando a visitar asiduamente la costa, menos prolífica pero más satisfactoria. La naturaleza salvaje del mar abierto ejerció sobre mí un atractivo que me cautivó para siempre.