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lunes, 21 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: EL GENERAL Y LA TROPA


EL GENERAL Y LA TROPA
21-08-1994
 
   Aunque estaba de vacaciones aquel día madrugué, porque sabía que si quería ser protagonista de un episodio memorable de pesca tenía que ser así. Cuando me levanté aún era noche cerrada, debía darme prisa, pues tenía que estar encima de la piedra justo al empezar a romper el día, piedra a la que me había encaramado en distintas ocasiones con desigual suerte. Pero yo esa mañana estaba convencido de que era mi gran oportunidad.

     Cuando bajaba por el acantilado apenas veía como mis pies enfilaban con lentitud y aplomo, por el sinuoso sendero que discurría entre tojos que arañaban mis piernas: no tenía sensación de peligro, estaba familiarizado con cada piedra, curva y escalones que lo conformaban, así que lento pero seguro accedí a la gran roca, que a pesar de su altura, cuando el mar se embravecía con virulencia la arrasaba, hasta mojar los últimos tojos del camino. Pero aunque aquel día el mar roncaba y se estrellaba estruendosamente contra la roca, lo hacía de una forma moderadamente acompasada, sonaba fuerte pero con una armonía relajante, la marea estaba bajando y poco a poco las olas iban rompiendo cada vez más lejos. La gran roca, a medida que perdía altura, se introducía en el mar; la punta, cuando la marea estaba llena, quedaba aislada, pero cuando yo llegué ya era accesible. Me encaramé a ella, el mar golpeaba en su base abriéndose y estrellándose a ambos lados lavando mi retaguardia. Arriba me encontraba cómodo y seguro, a pesar de que de vez en cuando el mar me salpicaba. Desplegué mi caña y monté un “rapala”, vareando a mi alrededor, y en mis dos primeros lances conseguí dos preciosas lubinas. Mientras, aclaró el día; la mañana prometía, pero a pesar de mi insistencia durante casi una hora no sentí picada alguna. Empezaba a descorazonarme. Entonces, al ver que la marea había bajado de tal forma que a mí izquierda, el mar ya no golpeaba contra las rocas, si no que rompía antes sobre el fondo arenoso reventándolo y formando una especie de gran remolino, cambié de ubicación y decidí cambiar el “rapala” por una cucharilla de 28 gramos que me permitía alcanzar la zona del remolino. Lancé sin demasiado entusiasmo; nada conseguí hasta que decidí arriesgar dejando bajar la cucharilla al fondo, al ser el lecho de arena la traje arrastrándola unos metros hasta empezar a acelerar para poder librar unas pequeñas rocas que había por delante y, justo ahí, sentí una picada potente y una lucha de un animal de cierta enjundia. Efectivamente, cuando conseguí vencer al animal y sacarlo a tierra, este andaba por cerca de los dos kilos de peso.

      Animado por el trofeo que acababa de conquistar, repetí el lance con parecido resultado, y así una y otra vez, hasta catorce veces, robalizas todas ellas de entre un kilo y medio y los dos.

     Pero lo mejor estaba por llegar. Eran ya cerca de las diez de la mañana, llevaba  casi dos horas de éxtasis continuo, mi espalda comenzaba a resentirse y, de repente sentí una picada descomunal, tan fuerte era la tracción del pez, que por mi falta de pericia y poca experiencia; -todavía no controlaba demasiado bien la forma de regular la fuerza de la tracción del carrete- tenía demasiado apretado el regulador y además el freno puesto, así que estuvimos el pez y yo tensando el sedal un rato bastante largo, que a mí se me hizo eterno, hasta que por fin el animal empezó a ceder y esto me permitió ir acercándolo, no sin trabajo al pié de la roca donde yo me encontraba, al ser esta lisa y en forma de rampa me permitió vararlo y, sacarlo sin mayor dificultad a pesar de doblar en peso a las anteriores. Rápidamente volví a lanzar esperando una nueva picada, pero después de varios intentos comprendí que “la batalla” estaba acabada, era como si hubiera capturado al general que las dirigía, retirándose estas del campo de batalla.

      El sol empezaba a picar, había que darse prisa, recoger y marchar, pero surgió un problema por falta de previsión, llevaba conmigo un par de bolsas de plástico y, ¡horror!, cuando empecé a subir el acantilado se rompió el fondo de las bolsas, rodando las robalizas por el suelo. Recogí el pescado y lo lavé en una poza; tenía un problema y no sabía cómo resolverlo, lo intenté trenzando el sedal de pesca, pero no resistió. Empezaba a desesperar, me veía subiendo y bajando el acantilado varias veces hasta el coche y no me sentía con fuerzas. Llevaba conmigo la cazadora de un chándal y, desesperado, iba a intentar la confección de un saco cuando veo que mi salvación la tenía en la mano, ¡el cordón del cuello del chándal!, por fin había dado con la solución. Así que hice un rosario con el pescado y, cargándolo al hombro, me dispuse a subir por el sendero del acantilado. El pescado colgaba de mi espalda y cubría mi pecho hasta las rodillas. Al poco empecé a resoplar, pues la cuesta era en algunos tramos muy empinada, obligándome a parar de vez en cuando para coger resuello. El sol me daba implacable en la cara, estaba reventado pero me animaba el pensar que arriba, al final del acantilado, estaba el final de mi sufrimiento. Cuando llegué al coche, un Passat del 88, mi alivio fue total, introduje el pescado en el maletero y en ese momento fui consciente de que varias personas me observaban con interés. Arranqué el coche y me dirigí al camping de Nerga donde estaba acampando.

   Eran casi las doce del día 21 de Agosto de 1994, domingo para ser más exactos. Cuando llegué procedente de Donón, recuerdo que fui a buscar dos cubos de agua salada para lavar el pescado, lo repartí por las distintas neveras del camping para no echarlo a perder, y parte del pescado lo regalé a aquellos que me lo conservaron hasta el día siguiente que lo llevé al Berbés. Lo que más lamento es que no poseo ninguna foto de esta para mí, “hazaña”, pues aún tardé en ser plenamente consciente de la dificultad y mérito de este hecho, al que no le di mayor importancia hasta que con la perspectiva del tiempo lo empecé a valorar en su justa medida.

   POSDATA:
    Sobre el interés con que un grupo de personas me observó. Considero que debo de continuar el relato sobre lo que aconteció esa misma tarde.
     Después de disfrutar, digerir y gestionar los acontecimientos de la mañana, a la tarde volví con la intención de seguir pescando y, entonces entendí el porqué del mencionado interés: Aprovechando que el mar perdió parte de su fuerza, aquel grupo organizó una actividad ilegal como es el “valo” (rodear la zona con redes y desde una o varias embarcaciones situadas dentro del circulo, golpear con los remos para que el pescado huya en estampida y quede “mallado”, enganchado en la red). Indirectamente, por mi ingenuidad fui en parte responsable de aquel latrocinio, perpetrado por “profesionales del mar”, pues eran “percebeiros”. Después de este expolio profesional, las lubinas no dieron señales de vida en esa zona en mucho tiempo.
     Hay que procurar siempre que sea posible, mantener fuera de miradas indiscretas el fruto de nuestro esfuerzo como pescador deportivo, pues la falta de escrúpulos de algunos acaban arrasando con todo.

sábado, 19 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: EXPERIMENTANDO


EXPERIMENTANDO
1.989
     A finales de los años ochenta del siglo pasado, después de mi primera experiencia en octubre de 1986, continué pescando en los muelles con camarón vivo. No se me daba mal aquel tipo de pesca, desde mi primera experiencia hasta el verano de 1990, prácticamente empleaba buena parte de mi tiempo libre pescando en los muelles, con la excepción de las vacaciones y alguna que otra visita a la costa de Cabo Estay, donde también en alguna ocasión pesqué con camarón y boya. Por aquella época empezaba a pasar las vacaciones de verano acampado en Cabo Home, donde pescaba a fondo, todavía no se me había ocurrido practicar el “vareo” (spinning). Las pocas lubinas que capturaba recuerdo haberlas pescado a fondo con calamar como cebo y excepcionalmente alguna pequeña con bicho, lo habitual con este cebo era pescar bogas, mújeles, castañetas bravas, y algún pinto o maragota.

     Mis mejores experiencias seguían siendo en el muelle pescando con camarón, de esta manera acumulé cientos de experiencias donde pescaba lubinas de un tamaño menor, aunque algunas, las mayores superaban por poco el quilo. Todo esto me sirvió para ir haciéndome como pescador y comprender poco a poco el cuando,  el como, y el porqué tan importante en este tipo de pesca tan selectiva.

     Tengo una escena gravada en mi memoria que no se me olvidará nunca. Una tarde de verano, el sol iluminaba dándole una claridad inmaculada al día, yo me encontraba pescando en Bouzas empleando como cebo camarón, iba recorriendo los diversos muelles y dársenas en busca de alguna lubina que llevar al cesto, en una esquina de una de las dársenas interiores el sol penetraba a través del agua, iluminando una zona que hacía contraste con la sombra que proyectaba una embarcación que estaba allí atracada. La marea estaba baja y el sol iluminaba con meridiana claridad incluso el fondo, donde para mi sorpresa vi  como un grupo de lubinas se mantenían casi inertes en la zona soleada. Yo me situé de tal forma que el sol me daba de frente y mi sombra se proyectaba hacia el muelle, procurando pasar desapercibido. Con sumo cuidado hundí la línea de la que pendía un camarón vivo, y fui acercándolo a la zona donde las lubinas permanecían indiferentes a todo lo que las rodeaba, la llegada del camarón parecía para mi desesperación, no enturbiar el comportamiento indiferente del grupo, de repente una de las robalizas, la más pequeña del grupo se acercó al camarón, este se movía con desesperación, y cuando parecía que lo iba a comer, lo golpeó con el cuerpo como apartándolo y siguió merodeando por la zona ignorando tan exquisito manjar. Yo sorprendido por esta forma de actuar no hice nada y me quedé muy quieto observando aquel comportamiento, que yo tildaba cuando menos de extraño pero interesante, pacientemente esperaba a que aquellos animales reaccionaran de la forma en que yo consideraba más racional, que era que acabaran por comer el camarón o que por el contrario se alejaran, pero ni una cosa ni la otra sucedió, allí continuaban indiferentes a todo, incluso llegué a sospechar que a pesar de mi cuidadosa puesta en escena, eran conscientes de mi presencia. Pasado un tiempo, en la lámina de agua, algunos pequeños objetos que por allí flotaban, empezaron poco a poco a moverse y a trasladarse, empezaba a subir la marea con fuerza y el grupo de robalizas comenzaron también poco a poco a merodear en busca de alimento, una de ellas, la más grande fue directamente a por el camarón, al que golpeó con su cuerpo y acto seguido embocó por la cola tragándolo. Rápidamente al sentir como tiraba de la línea, levanté la caña, pues ella misma se había clavado, el grupo al ver que esta subía la siguieron hasta que desconcertadas la vieron desaparecer. Volví a encarnar otro camarón y se repitió la misma forma de proceder, pero lo curioso es que empezaron a aparecer más robalizas, pienso que atraídas por la actividad de las que comían unos camarones que arrojaba para entretenerlas y no se fueran. Empezaba a ser consciente de que estaba siendo testigo de algo muy peculiar y difícil de ver con aquella claridad. Llevaba capturado cerca de una decena de piezas, cuando la última al tirar y recoger para subirla, a medio camino se soltó, el animal dolorido y desconcertado huyó rápidamente del lugar, llevando consigo al resto que seguían la estela descontrolada del animal herido. Si se tiene el pescado al alcance y encelado con tu señuelo, es letal que se te suelte una, porque en su huida arrastrará a las demás, siendo mejor abandonar la zona y buscar otra lo más alejado posible, a no ser que haya tal número de ellas, que la confusión no alcance a todo el grupo, si esto alguna vez nos sucede hay que pensar que estamos ante un cardumen de extraordinarias proporciones. Algo que a lo largo de una vida pescando sucede en contadas ocasiones (ver Vorágine en Sayanes).

     Siempre hasta aquí había pescado con cebo natural, nunca había experimentado con artificiales, pues en aquel tiempo era un descreído, no concebía que un pez podía ser engañado por algo no comestible y además inerte al que había que darle vida, consideraba que aquello era algo muy difícil de lograr. Hasta que un día fui testigo de algo que revolucionó mi manera de pensar. Observé por casualidad como un joven pescador desde una embarcación,  con una caña lanzaba y recogía continuamente un señuelo que yo no alcanzaba a ver con claridad. Sabía del uso de artificiales como “cucharillas” y “rapalas” en ríos y en la rompiente de la costa de mar abierto, pero nunca había visto hasta allí hacerlo en aguas interiores y tranquilas de los muelles. Fijé mi atención en él, y vi como levantaba un pez que me pareció una robaliza y no tardando mucho levanto otra, y otra, continuando sucesivamente con aquel ritual que a mí me estaba rompiendo todos los esquemas, haciendo que me replanteara mi manera de pescar. Creo que el pescador no fue consciente de que le estaba observando, poco a poco se fue acercando al muelle y alcancé a distinguir el señuelo que empleaba, era un pequeño rapala que manejaba con maestría: lanzaba y al contactar el señuelo con el agua no recogía de inmediato, sino que dejando el sedal en banda dejaba que este se hundiera unos metros para empezar a recoger, cosa que hacía con paradas intermitentes y pequeños cambios de dirección con la puntera de la caña. Lo que acababa de ver me dejó asombrado y lleno de curiosidad por experimentar aquella forma de pesca. Así que me dirigí a una armería donde me hice con varios “rapalas” que allí me recomendaron. Recuerdo que ojeé un folleto de propaganda de la casa “rapala”, donde hacía unas recomendaciones sobre colores a emplear, aquello llamó poderosamente mi atención, pues hasta allí siempre había pensado que los peces no distinguían colores, sino que lo máximo que distinguían eran distintas tonalidades. Elegí unos pececillos de nueve centímetros hundibles de tres colores diferentes: uno gris (color original) el más aproximado al color real, otro azul pálido, y finalmente uno con la barriga naranja, conocido por especial, este último era el que con más reticencia llevé, por su aspecto poco natural. Pero habría de ser este último, con el que me estrenaría con una pescata memorable una tarde en Bouzas, donde prácticamente sin fallar lance conseguí pescar más de treinta lubinas, el que de verdad me enganchara definitivamente a este tipo de pesca. A partir de ahí el “Countdouwn especial” de 9 centímetros en los muelles y más tarde el de 11 cm. en la costa, me ofrecieron jornadas inolvidables de pesca. Durante unos años idealicé de tal forma este artificial que prácticamente olvidé y descarté definitivamente el empleo de cebo natural para pescar. Resultaba muy cómodo y limpio, ofreciéndote más libertad de movimiento y poco a poco me fui alejando de los muelles, empezando a visitar asiduamente la costa, menos prolífica pero más satisfactoria. La naturaleza salvaje del mar abierto ejerció sobre mí un atractivo que me cautivó para siempre.
   

viernes, 18 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: LA CAÑITA Y EL CAÑÓN

                                                       LA CAÑITA Y EL CAÑÒN
1-11-1988                                                                                                                                                


      Aquel festivo, día de Todos los Santos, llegué a Bouzas al amanecer con la intención de pasar una agradable mañana de pesca. El día anterior, había capturado aprovechando la bajamar, un puñado de camarones, que mantuve vivos en un vivero hecho con un viejo bote de plástico. Aquel día al contrario de otros muchos, no logré dar con las lubinas y a las diez de la mañana estaba completamente desanimado, ya que no había sentido ni una triste picada. Llevaba un tiempo pensando en dar el salto y empezar a visitar la costa para vivir una experiencia nueva. La pesca en los muelles aunque era muy productiva, empezaba a hacérseme muy monótona y algo aburrida. Hablando con otros pescadores más expertos, me comentaban, que en la costa rocosa de mar abierto también se podían pescar lubínas, con la ventaja de que, en cualquier momento, podrías tener la sorpresa de una gran captura, ya que en los muelles, raramente los animales que pescaba pasaban del tamaño de un kilo. El problema que se me planteaba era la técnica a emplear, que difería de manera radical a la empleada en los muelles y con el añadido de lo peligroso que resultaba para un novato como yo. La falta de experiencia para moverme en un ambiente, que por veces se volvía muy hostil, había que tener unos conocimientos mínimos del comportamiento del oleaje, mareas, posturas de pesca, etc.,. De vez en cuando me llegaban comentarios de accidentes y sustos que sufrían algunos pescadores poco avezados, e incluso de veteranos que, por exceso de confianza, llegaban en algunos casos a perder la vida al ser arrastrados por el mar.



     Todo esto hacía que yo me fuera retrayendo y me costara dar el paso de ir a pescar a la costa, pero la pasión por la pesca había arraigado en mí de tal manera, que acabé por ir, al principio con algunos pescadores veteranos, que pescaban a fondo con cebo natural. Estos empleaban cañas, en algunos casos de cinco o más metros, armados con grandes y potentes carretes, que llenaban con sedales de un grosor del 50, usando plomadas de hasta 250 gramos para buscar un lance largo y profundo. Esta experiencia no me enganchó. Eso de estar a la espera, a veces horas y horas sin hacer otra cosa, que mirar para la caña o recoger todo el equipo y, trasladarlo a otra postura, con el machaque y cansancio que eso suponía, no se había hecho para mí. Por aquellos años se empezaba a practicar, ya de una forma evidente, el “vareo”, una técnica que imitaba los lances de artificiales en el rio: cucharillas y pequeños peces de madera de balsa, que tan buen resultado daban  para capturar truchas y salmónidos. Esta forma de pesca sí me llamó la atención, despertando en mí la curiosidad, pero lo curioso fue que la primera vez que visité solo y por propia iniciativa, la rocosa costa de Cabo Estay, utilicé la boya con cebo vivo como técnica de pesca, algo que no había visto hacer a nadie antes, pero que seguro que alguien ya lo habría hecho.

    Recuerdo con una claridad meridiana ese día de noviembre. Eran las diez de la mañana cuando arranqué para Cabo Estay, con la idea de experimentar con la boya. En menos de media hora ya estaba allí; pero aquello era una fiesta, no había piedra sin ocupar; al ser festivo, todo estaba lleno de cañas, todas a fondo. Reculé y retrocediendo sobre mis pasos, aparqué cerca del restaurante Sobréira, bajé por un camino de tierra que iba directo al mar, quedando a mi derecha un pequeño playal pedregoso. Pero opté por enfilar por un largo y estrecho camino, que circundaba los cierres de las fincas que daban al mar, y bajé por una pequeña cuesta muy empinada, que me condujo directamente sobre la rocosa costa.

    El mar rugía y las olas golpeaban continuamente sobre las rocas. Al llegar observé a mi derecha, en un saliente de piedra que daba al canal de entrada de una pequeña cala, a un veterano pescador de fondo con su “cañón” de cinco metros. Le saludé y el hombre me explicó que unos días antes había pescado allí mismo, con un calamar como cebo, un róbalo de casi cinco kilos, y que estaba intentando repetir la experiencia. Me observó con curiosidad, pues al verme la caña de 3.30 que traía en la mano, me dijo que si venía a pescar con ella, en aquel lugar y con aquel mar fuerte no iba a conseguir nada. Me sonreí y le confesé que venía con la intención de experimentar con una boya y, que era la primera vez que lo hacía en aquellas condiciones. Me vaticinó un fracaso absoluto. Yo no me desanimé por el comentario, venía a aprender y si el intento no funcionaba no pasaba nada. ¡Quedaban mas días que morcillas para intentarlo!, así que me encaminé hacia mi izquierda a la aventura, pues para mí todo era novedad.

    La marea estaba subiendo y casi era pleamar; buscaba algún hueco entre piedras donde remansara el agua, para poder experimentar con la boya. Me desplacé unos sesenta metros, hasta ver una zona rodeada de piedras, que conformaban una especie de poza grande, donde el mar entraba por un ancho canal orientado al oeste. En frente de mí, una roca grande rompía el mar, haciendo que este la sobrepasara, precipitándose y extendiéndose el agua muy oxigenada por todo el entorno. La barrera que formaba la piedra del frente, amansaba el agua facilitando la acción de la boya, manteniéndose esta en el centro de la poza, aunque retrocedía cuando el mar rebotaba contra las piedras de la orilla, y se arrimaba cuando la ola se precipitaba amainando en la poza. No me costaba demasiado trabajo mantener la boya en esa zona, moviéndose en un vaivén  continuo; sólo tenía que estar atento, a soltar o recoger sedal cuando la ocasión lo requería. No había demasiado calado, unos dos metros, pero suficiente para profundizar el pequeño plomo de bola, que obligaba a hundirse al camarón que utilicé como cebo.

    Ya en el primer lance, al poco tiempo de estabilizar la boya, esta comenzó a hundirse con rapidez. Al tirar y hacerle frente, sentí como tiraba un pez vigorosamente. Al recoger y arrimarlo a mis pies, ví como una preciosa lubina de algo mas de kilo pendía del anzuelo. Gratamente sorprendido por lo que acababa de suceder, después de guardarla en la cesta, volví a prender por la cola otro camarón y lancé al mismo sitio que la vez anterior, no muy lejos a unos tres metros de donde estaba situado, y no tuve que esperar demasiado para ver de nuevo como la boya desaparecía hundiéndose con rapidez. De nuevo una lubina de tamaño similar a la anterior asomó al recoger; y así una y otra vez sin fallar lance, totalicé siete hermosas piezas, que entre todas sumaron un peso de unos siete kilos. Al octavo intento ya no sentí nada y aunque insistí por los alrededores, ya no tuve ninguna picada más. Estaba hasta cierto punto sorprendido, pues ni en mis mejores sueños, esperaba empezar mi primer contacto con ese tipo de pesca, de forma tan afortunada. A partir de ahí, durante un tiempo, continué pescando con boya, pero ya nunca repetí cosa igual, como mucho cuando conseguía algo, a lo sumo eran dos o tres, y nunca pescado grande.

   Recogí mis siete lubinas y emprendí el camino de vuelta. El veterano pescador del cañón de cinco metros, continuaba en el lugar donde me lo había encontrado al llegar. Lo saludé de nuevo explicándole que sus augurios habían fallado estrepitosamente. El hombre no daba crédito a lo que veía, aunque, al final, tuvo que reconocer que, con aquel mar y con aquella “caniña” -como él con sorna la definió-, empleando la técnica adecuada, se podía disfrutar de una buena y afortunada jornada de pesca.






jueves, 17 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: EL FALSO ROBALO



1987

      En aquel verano  ya estaba poseído por una especie de encantamiento del que no me podía desconectar. La pesca para mí era ya como una droga que comenzaba a alimentar una pasión que empezaba a obsesionarme, menos mal que nunca me dejé cegar por ello, pues tenía claro que en la vida de toda persona hay siempre que priorizar, y que todo aquello estaba muy bien, pero en su justa medida estaba mejor. Cómo no podía disponer del tiempo a mi antojo, aprovechaba momentos sueltos moviéndome a deshora, y casi siempre empleaba más tiempo en desplazarme y regresar, que el tiempo efectivo de pesca. Todavía no entendía ni el cuando ni el como ni falta que me hacía, lo que iba conociendo y descubriendo lo hacía tan poco a poco que nunca me saturaba, ni con su práctica ni con los lugares que visitaba, todos ellos enclaves de una extraordinaria belleza. Recuerdo que en un principio, pescar lo que se dice pescar poco pescaba, pero disfrutar disfrutaba muchísimo, por veces quedaba extasiado con lo que veía, descubrí lugares de ensueño, pequeños recovecos escondidos que prácticamente pasaban desapercibidos para la gran mayoría, y que además dependiendo del día y de la hora de la visita todo resultaba diferente, cómo si hubieras viajado a otro lugar, y es que además de una forma constante y progresiva todo se iba transformando y cambiando con el tiempo justo para percibirlo y asimilarlo, gracias a esa sensibilidad especial que casi todos nosotros tenemos pero que muy pocos nos paramos a conocer, yo aprendí a integrarme y a sentirme parte de aquel sueño para los sentidos.

          Recuerdo que una mañana de sábado en aquel verano, cuando procedente de Vigo me dirigía a Cabo Home, al pasar por Donón y ver el mar, algo inefable me hizo sentir la necesidad de ir a pescar. A pesar del muy poco tiempo disponible, sentía que algo inexplicable me empujaba a ir, paré en el pueblo, y en la tienda compré unos calamares congelados para utilizar como cebo. Al llegar al punto donde estábamos acampados, vacié el coche todo lo aprisa posible y salí disparado a pescar, con la advertencia de que disponía de menos de una hora pues ya casi era la hora de comer, a pesar de todo algo me empujaba a intentarlo. Caminé veinte minutos hasta llegar al punto de pesca, necesitaba de otros veinte para volver y por lo tanto disponía de menos de veinte para pescar. No parecía razonable seguir aquel impulso, pero la pesca es así, cuando uno tiene convencimiento y fe casi siempre encuentra lo que busca.
   
     Después de cruzar a toda prisa por aquel monte bajo lleno de tojos, y pequeños arbustos retorcidos y aplanados por efecto del fuerte viento que allí reinaba en los duros meses del invierno, llegué al acantilado, rodeándolo bajé hasta una plataforma que me ofrecía cierta comodidad y seguridad. El mar de fondo trabajaba constante y con plena armonía, un manto de agua blanca y muy oxigenada se extendía a mis pies, el sol casi en el cenit calentaba pero no abrasaba, era un placer para los sentidos estar allí, aunque de vez en cuando el mar me advertía de su peligrosidad salpicándome. Monté la potente caña de cinco metros y encarné con un pequeño pero entero calamar, disimulando el anzuelo entre sus tentáculos me dispuse a hacer un largo y potente lance, consiguiendo colocar mi aparejo en la zona apuntada. Incrusté el mango de aquel “cañón” en una grieta y apoyándolo sobre una piedra me parapeté esperando la tan ansiada picada. Fueron pasando los minutos y mi amigo el calamar seguía allí entero, a nadie parecía interesarle, yo tenía el convencimiento de que allí tenía que haber alguna lubina pues las condiciones eran óptimas, pero el tiempo pasaba inexorable y tenía que regresar al camping. No me quedaba otra que recoger, y lo hice, pero remoloneando arrastré el plomo lentamente por el fondo arenoso, y cuando daba por frustrado mi intento, de repente una bestial picada casi me arranca la caña de los brazos, era la primera vez en mi vida de pescador que un pez de aquella entidad picaba en mi anzuelo, mi falta de pericia me hizo sudar. Aquella caña más que una caña era un “cañón”, pesaba como una condenada, entre el peso de la caña y el brío del pez que tiraba con una fuerza para mí aún desacostumbrada hicieron que me tuviera que emplear a fondo, la lucha del animal enardecía mi ánimo mientras yo enarbolaba aquella caña que doblaba la puntera amortiguando los tirones salvajes de mi presa, que poco a poco agotada por el esfuerzo, se iba entregando a medida que la iba arrimando a tierra. El mar barría y golpeaba continuamente sobre las piedras, al estrellarse y romper el ruido ahogaba mi respiración agitada por el esfuerzo, al ver asomar aquel animal el mar parecía querérmelo arrancar, zapateándolo en la rompiente de una manera brutal, tiré de el con fuerza arrastrándolo piedra arriba por donde el pez se deslizó colgando de aquel cañón que levanté a pulso hasta ponerlo a mi alcance.

     Estaba en una nube, mi satisfacción era enorme, de aquella para mí era algo extraordinariamente gratificante cumplir un sueño como aquel, estaba convencido de que aquel pez era mi primer robalo, pero aunque mi alegría era inmensa más tarde sufriría un pequeño desengaño. Recogí mi robalo y con la caña al hombro volé hasta el camping, donde el pez levantó la natural expectación sobre todo entre los más jóvenes, me fotografiaron junto a mi amigo Benito para inmortalizar el momento, pero cuando lo pesamos poco más de tres kilos alcanzó. Un sentimiento contradictorio me quitó parte de la euforia que traía, pues de aquella había una norma no escrita entre los pescadores que si una lubina no superaba los cuatro quilos no era robalo, y parte de mi sueño se esfumó en aquel instante y aún tuve que esperar varios años hasta romper aquella barrera. Lo curioso fue que una vez que la rompí los robalos empezaron a llegar uno detrás de otro hasta convertirme en un pescador afortunado.

miércoles, 16 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: EL DETONANTE

Octubre 1986
   
     Lo mejor de aquella noche fue el detonante de algo que me cautivó e hizo posible un cambio radical en el empleo del ocio en mi tiempo libre.  A partir de ahí, empecé una especie de aventura que me dio muchos días en los que me consideré un hombre especialmente afortunado por disfrutar y vivir momentos de privilegio, sensaciones que con el paso del tiempo menguaron  en cantidad pero aumentaron en intensidad. Avanzaba yo por la treintena, mis obligaciones y responsabilidades condicionaban mis aficiones, la casualidad quiso que a la pesca me enganchara. El detonante sucedió la noche que sentí la magia que revolucionó para siempre el placer de mis sentidos. Aquella noche mágica en mí ejerció una especie de embrujo que me acompañaría para siempre. A partir de ahí las experiencias se arremolinan en mi mente, pero gracias a un cuaderno donde las tengo anotadas una a una, me hice con un compendio de datos que me permitieron ordenarlas con sus fechas auténticas. Los hechos narrados son reales y en nada exagerados, mis emociones y sentimientos los transmito reflejándolos con la efusividad que mi carácter me da.
   
     Retomando el principio de aquella experiencia nocturna  de Octubre de 1986. Me pertreché con una caña de pescar que le había regalado a mi hijo Germán y que él apenas utilizaba. Había pedido consejo a mi compañero Hernández, que en esto de la pesca era y sigue siendo un fenómeno al que “había y hay que dejarle comer en un plato aparte”. Me asesoró, tomé nota fehaciente y detallada para hacerme con el material adecuado para la experiencia: sedal calibre 24 Tortuga, plomos de bola de 5 gramos y anzuelos dorados del nº 3. Recuerdo que esperé hasta la una de la madrugada, hora en la que aparqué mi viejo coche, un renault 12 familiar, junto a la coronación del muelle nº 4 del Arenal, armé la caña con el sedal, anzuelo y plomada recomendados y de cebo empleé unos camarones que tenía en un vivero colgado de una de las defensas. Dejé llegar el plomo al fondo y  recogí dos vueltas de carrete, buscando en el fondo mis posibles presas, pero como  no sucedió nada volví a recoger dos vueltas más, situando el cebo a  unos tres metros del fondo y tampoco sucedíó nada, después de un tiempo de espera volví a recoger dos vueltas más y como tampoco tuve la picada esperada, me desanimé y opté por prender el mango de la caña debajo de una de las ruedas del coche; me senté y me puse a leer. Cuando más distraído estaba y daba por frustrada mi experiencia, una picada que doblaba con brío la puntera de la caña me puso en tensión, agarré la caña, y como tiraba la condenada, estuve un rato disfrutando –pues la sensación era agradable para mí, me imagino que no para el animal-. Empecé a recoger no demasiado aprisa, hasta que apareció a flote una hermosa lubina izándola hasta mi posición, donde nervioso la solté del anzuelo depositándola en la bandeja del maletero, volví a prender otro camarón y acto seguido lancé, dejando que bajara el plomo hasta el fondo, recogiendo a continuación seis vueltas de carrete, para situarme a la altura de donde había sentido la picada, no me desprendí de la caña y no tuve que esperar mucho para sentir una sutil picada, entonces bajé la puntera de la caña y esperé a sentir la estirada del sedal para clavar el anzuelo.
     Estuve así una y otra vez, hasta repetir la operación 23 veces. Cuando me di cuenta eran ya las 5.30 de la madrugada, vivía un sueño que moría, pues ya hacía un rato que la vorágine había terminado. Esta experiencia supuso para mí el enganche a una afición que se extendería a lo largo de los siguientes 25 años, con tal dedicación y actividad que esto dio lugar a la vivencia de muchos momentos que yo tengo por estelares, o sea únicos e irrepetibles y que me dispongo a relatar uno a uno.

lunes, 14 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: REPRODUCCION DE LA LUBINA

     Tradicionalmente, a la lubina se la venía clasificando dentro de la familia Serranidae (grupo hermafrodita). Pero era la única especie de esta familia claramente gonocorista (animal que no puede cambiar de sexo). Últimamente se la ha incluido dentro de la familia Moronidae, perteneciente a la clase Actinopterigia, orden Persiformes, género Dicentrarchus y especie Labrax.

    La vivencia de experiencias in situ, pescando lubinas de todos los tamaños a través de las diferentes estaciones del año a lo largo más de dos décadas, y la observación, gracias a la posición privilegiada por el desempeño de mi labor profesional como policía portuario en el puerto pesquero del Berbés, controlando las descargas de pescado en lonja de los arrastreros, trasmalleros y palangreros de litoral, el cambio de impresiones con los patrones de las embarcaciones, que me indicaban zonas y profundidades donde se producían las capturas de lubinas. El ejercer este control a través de varios años me ha dado parte de las claves para desentrañar de modo empírico, las costumbres y el porqué del comportamiento reproductivo de estas. Comportamiento que viene siendo un ciclo repetitivo y regular desde miles de años atrás. Todo es previsible dentro de unos márgenes, pues los hechos no se producen por automatismo, sino por condicionantes.

    Cuando comienza el invierno las lubinas hembras ya adultas están listas para procrear, entonces empieza el cortejo y varios machos acosan a cada una de las hembras siguiéndolas incansables, hasta que esta siente la necesidad de desplazarse a la zona de desove, situada en aguas profundas entre 80 y 120 metros. En esa época es cuando los barcos de pesca dedicados al arrastre y los trasmalleros de profundidad, capturan un año si y otro también especimenes hembras preñadas de huevas, no registrándose capturas de lubinas en esos fondos con anterioridad y posterioridad a ese periodo, prueba fehaciente de donde desovan. Van por oleadas, no todas las hembras sienten la necesidad de desovar al mismo tiempo, pero cuando esa necesidad es perentoria acuden con presteza acompañadas por los machos, que al mismo tiempo que las hembras desovan los huevos fecundan estos con su esperma. Cada hembra expulsa del orden de 500.000 huevos que una vez fecundados a los tres días eclosionan, se convierten en larvas que remontan hasta la superficie y flotan. Las especies que habitan estas zonas no acostumbran a incluir en su dieta a las diminutas larvas, aumentando así sus posibilidades de supervivencia, algo que no ocurriría en las zonas someras de la costa donde abundan especies que las depredarían. Se desarrollan con rapidez, 46 días después las pequeñas lubinas al alcanzar unos cuatro cm. se revisten de escamas, adquiriendo la figura de adultos, y dejándose arrastrar por corrientes procedentes del otro lado del Atlántico que por esas fechas pasan por sus zonas de desove, se trasladan a estuarios y zonas de aguas tranquilas, donde se alimentan hasta crecer lo suficiente, unos 250 gramos, abandonando estas zonas para trasladarse a su verdadero hábitat donde desarrollaran su vida.

   En cuanto las lubinas terminan el proceso de desove, regresan escuálidas y hambrientas a las aguas próximas a la costa donde se alimentan hasta recuperar su peso normal. Por eso a veces, sobre todo en el mes de marzo se capturan grandes hembras “chupadas” inservibles para comer. La ignorancia hace que a veces algunos pescadores sacrifiquen inútilmente a unos animales que son muy necesarios para continuar la reproducción de esta especie cada vez más escasa.

domingo, 13 de enero de 2013

Relatos de un pescador afortunado: PRÓLOGO

     Estos relatos son el resultado de escudriñar en mi memoria, donde guardo los recuerdos acumulados a través de los años. Nunca antes había escrito otra cosa que no fuera un informe o parte de incidencias por razón de mi cargo cómo policía portuario, por eso cuando comencé este para mí desafío, me costó arrancar. Comencé a escribir esta serie de relatos medio en serio, medio en broma, sin una idea clara de lo que quería hacer. Recuerdo haber escrito un par de ellos como prueba con más escepticismo que fe, al terminarlos y releerlos me asaltó la duda pues no me disgustaron, pero a pesar de todo desconfiaba que mi juicio fuera parcial, así que decidí darlos a leer y pedir una opinión neutral y sincera. No quería embarcarme en algo que se tradujera en un esfuerzo inútil y baldío. Las personas que los leyeron: uno, mi compañero Hernández (consumado y extraordinario pescador), otro, mi buen amigo Benito (que ni le gusta ni prácticamente entiende nada de pesca) y por último la bibliotecaria del puerto, Bruna, a la que tengo que agradecerle la corrección de todos y cada uno de los relatos. Coincidieron los tres en el juicio de que les parecían interesantes: Hernández me comentó que eran muy auténticos y realistas, que de alguna manera se veía reflejado en ellos. Benito me animó diciéndome que eran entretenidos, fáciles de leer y muy digeribles. Bruna, que a pesar de algunas faltas de ortografía eran publicables. Estas opiniones fueron el combustible que necesitaba para arrancar y predisponer mi estado de ánimo para continuar escribiendo.

     Creo que después de casi dos décadas practicando la pesca al “spinning”, he acumulado una serie de experiencias personales, que a día de hoy me permiten tener un bagaje suficiente que me da el valor para enfrentarme a la siempre difícil creación de un libro como este. Apoyándome en ello creo haberlo terminado con la satisfacción de creerlo entretenido, fácil de leer y de entender, incluso para aquellos que nunca se han acercado al mar con la intención de pescar. Para aquellos a los que les guste pescar, espero que les sirva como un marco de referencia en el que se entremezcla la esencia humana de cada relato con la asimilación de experiencias practicas, para facilitar la comprensión de ciertos conceptos, que ayudan al pescador a disipar dudas y a no perder el tiempo en cábalas innecesarias.