Me imagino viviendo donde vivo ahora, pero hace unos 2000 años. Atrás en el tiempo, en plena república romana, en esta esquina de Iberia bien apartado de las intrigas del senado en Roma, convivían pueblos celtas con los conquistadores romanos, como antes convivieron con los navegantes fenicios.
En la Lusitania más allá del rio padre, el Miño, y tras pasar el Duero, en la Serra da Estrela, un pueblo celta, llamado los Herminios, nunca acató el poder romano, quizá les ayudó la orografía montañosa del terreno donde vivían, cerca de la Torre con 1.993 metros, altura máxima de toda Lusitania, lugares que dominaban y les permitían con emboscadas permanentes mantener a raya a los invasores procedentes de la tal poderosa Roma. La república no toleraba que la marearan haciéndole perder el tiempo que necesitaba para seguir extendiendo su dominio para explotar recursos que la fortalecieran. Corrían los tiempos del gran Julio Cesar como general del ejercito romano, el Senado de la todavía república romana le encargó arreglar semejante dislate. Fué Cesar personalmente al mando de sus tropas el que terminara de una vez con aquella resistencia que frenaba sus ansias de conquista. Del año 61 al 60 AC, Cesar partiendo de Hispania se internó en la Lusitania para acabar con la resistencia herminia.
Los herminios eran un pueblo valeroso ya lo habían demostrado en el pasado, desde los tiempos de Viriato. Después de su muerte, traicionado y asesinado mientras dormía, 139 AC, los romanos no tomaron inmediatamente el control del pueblo herminio, si, todo el resto de la Lusitania. Hasta el 61 AC en que Julio Cesar los derrotó y doblegó por la fuerza de las armas, Roma fue incapaz, durante esos años, casi 80, de subyugar a los herminios. Su epílogo como pueblo libre se produjo en las Islas Cies, al aislarlos (nunca mejor dicho) después de su fuga y refugio en la isla de Lancia, al sur del archipiélago, Julio Cesar esperó pacientemente con sus tropas entre Baiona y la isla de Toralla, hasta que por hambre se rindieron.
A partir de entonces la paz romana trajo un periodo de varios siglos en que los romanos y nativos (celtas) se fusionaron en un solo pueblo, hasta la invasión en el siglo V de los suevos, un pueblo de los denominados "bárbaros" procedente de centroeuropa, pero eso ya es otra historia.




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