La juventud siempre fue rebelde, inconformista, idealista y solidaria. Yo mismo, recuerdo que en mi juventud a pesar que desde muy joven adquirí la responsabilidad de ser padre, mi idealismo me llevó a la lucha sindical en un momento clave, acabada la dictadura comenzaba la democracia. Recuerdo haberlo hecho sin ningún tipo de ideología, sólo creía entender lo suficiente para separar lo que estaba bien de lo que estaba mal. Mis compañeros de trabajo, sobre todo los veteranos estaban, unos esperanzados y otros temerosos del devenir de los acontecimientos, ellos aún estaban traumatizados pues venían de sufrir en sus propias carnes la dura represión franquista, estábamos en plena transición de la dictadura a la democracia.
Aquel verano de 1.977 fue muy ameno, cambié un trabajo de cierta intelectualidad con un sueldo de unas 40.000 de las antiguas pesetas al mes a uno muy físico (pico y pala, montaje y mantenimiento de vías férreas), con un salario de miseria que no llegaba ni a la mitad, y todo por tener la seguridad de un trabajo fijo. Esto fraguó en mi un sentimiento de rebeldía que me llevó a agitar el avispero del sindicalismo de clase. Mala cosa hice, mi juventud y falta de experiencia me llevó a una lucha para la que aún no estaba preparado y menos aún los que me acompañaron. Aprendí que las personas son una cosa o la otra dependiendo del terreno si está embarrado o no, en el fango en el que me metí, o más bien me metieron, ya no pude salir, fueron a por mí los que aún vivían a cuenta de los estertores de una dictadura que no acababa de morir, el servil sindicalismo amarillo vio como sus privilegios peligraban y empezaron a maniobrar. Acobardados llegaron a estar pero al contar con el apoyo de la dirección, todavía con reminiscencias falangistas, hicieron que resistieran a nuestras reivindicaciones que al no poder llevarlas a cabo se fue socavando la unidad a cambio de favores y promesas a algunos trabajadores, aunque en el fondo ellos sabían que su postura era del todo indigna y cobarde. Un juego de intereses por las maquias que algunos percibían fue el detonante junto al chantaje de ascensos de categoría y el ingreso discriminatorio por enchufe de hijos y familiares, para que todo aquel movimiento solidario reventara y cada uno buscará su enchufe particular. Qué poco hizo falta para que los de siempre como siempre se salieran con la suya.
Desterrado y apartado por un año trabajando en el baldeo de tarde en el Berbés me quedé, y gracias a un encargado que dio la cara por mí desconecté y quizá por eso no fui despedido. En ese impás llegó el 23 de febrero de 1.981 y aún siendo oficialmente secretario del comité de empresa me enfrente a la disyuntiva de esconderme cobardemente en el vecino Portugal, como hicieron algunos de mis compañeros o seguir mi vida con normalidad esperando, tal y como sucedió que el golpe de estado fracasase.
Desengañado de tanta insoláridad, ignorancia y cobardía me dediqué a luchar por lo mío que era lo de mi familia y aún tuve que aguantar las críticas de algunos cobardes que siempre tiraban la piedra y escondían la mano.
Olvidado por todos y olvidándome de todo aquel
mal fario que me rodeaba, me dediqué al estudio y preparación de la oposición
de celador-guardamuelle, que así se denominaba, de aquella, al policía-portario
actual. Al cabo de casi un año de preparación intensiva y sin regatear esfuerzo
alguno, pagando incluso clases particulares, me presenté al examen. El
presidente del tribunal era un viejo conocido, ingeniero jefe de explotación y
falangista de toda la vida, nadie daba un duro por mí. Lo que todos ignoraban,
porque me lo tuve bien callado, era el grado de preparación con el que me
presenté al examen. El examen entre preguntas por escrito y resolución de
problemas tenia 45 minutos de tiempo límite para su entrega, llegué a dudar de
si sería capaz, pero pronto me serene al leer las primeras preguntas a las que
conteste de inmediato y sin dudar, resolví a la primera también los
problemas de física y matemáticas, y sin revisión de ninguna clase, entregué el
examen al que dediqué menos de media hora. No sé si lo hice por nervios o por
chulería, pero así lo hice y creo que fue por algo de las dos cosas.
Un tanto sorprendido por la rapidez con la que
entregué el examen, el tribunal examinador me preguntó si estaba seguro, que
aún tenía tiempo para corregir alguna duda. Les contesté que si, que estaba
completamente seguro y que con su permiso (por aquello de la ideología del
presidente del tribunal) iba a salir a fumar un cigarrillo.
Aquellos tiempos de democracia incipiente eran
aún duros para la clase trabajadora. Meses pasaron para publicar el resultado
de los exámenes, yo estaba relativamente tranquilo, sabía porque alguien del
tribunal que me examinó me lo dijo, que en el acta de confirmación del examen
tenía una nota de sobresaliente, muy superior a lo exigido, me aconsejó que
fuera paciente y nada dijera ante tal injusticia, que todo necesitaba un periodo de maduración y caería por su propio peso.
Nueve meses, todo un periodo de gestación para hacer
público el resultado de aquel examen, no se vio nada igual en la historia del
puerto. Creo que estaban esperando a que estallara y sufriera un ataque de
nervios. Por fin se la envainaron y cumplieron a lo que por ley estaban
obligados.
Una vez que me reintegré como guardamuelles tampoco
fue una experiencia muy de mi agrado, era un colectivo cerrado y muy antiguo,
por estar estaba lleno de funcionarios, franquistas de toda la vida, muchos de
ellos militares chusqueros jubilados y ex guardias civiles también jubilados,
allí reenganchaban como funcionarios hasta los 70 años, la mayoría se morían
antes de esa edad.
Comencé a desempeñar mi labor a turnos de mañana,
tarde y noche, con el paso del tiempo fui conociendo a aquel colectivo uno a
uno y también a los guardia civiles o carabineros porque hacíamos turnos de
control y vigilancia en algunos puestos juntos. El ambiente que me encontré era
de una desconfianza cerril, nada que me cogiera de sorpresa, en un principio
hablaban conmigo lo imprescindible, pues también conocían mis anteriores
andanzas sindical-revolucionarias y eso para un cuerpo como el de celadores -
guardamuelle y de la guardia civil de aquellos tiempos era cuando menos
peligroso, el recelo era mutuo. Pero como "el roce hace el cariño"
poco a poco la confianza fue afianzándose y al final todos somos personas y
algunas extrovertidas y curiosas como yo. Esto me llevó incluso en algún caso a
la amistad y ha conocer en profundidad los problemas que como colectivo también
tenían y a partir de ahí aquel grupo de personas, al que anteriormente
denostaba, acabé por apreciarlo en su justa medida.
Pocas personas son malas por naturaleza, las
condicionan sus experiencias personales y el ambiente en el que desarrollan su
vida, y en el fondo te das cuenta que son tan dignas y merecedoras de respeto
como tú mismo y mas si pertenecen al mismo extracto social, pero las
circunstancias a veces te llevan a pensar equivocadamente y ser incongruente,
por eso siempre es conveniente parar, pensar y analizar el porqué de lo que te
puedas encontrar para ser justo en tu manera de actuar.